La guerra no tiene rostro de mujer: Svetlana Alexsievich revelando la vida

Libro La guerra no tiene rostro de mujer y su autora Svetlana Alexsievich

Por: Irela Casañas

Es una mujer rubia. Tiene más de sesenta años. Es famosa. Cuando miro sus fotos me da la impresión de que es conversadora y activa. Su mirada es vivísima, traspasa los píxeles. Es periodista. Su nombre es Svetlana Alexsievich. Escribe en ruso. En mayo de 1948 nació en Ucrania, país que era parte de la Unión Soviética, específicamente nació en una ciudad llamada Stanislav (actual Ivano-Frankivsk). Pero ella creció y se educó en Bielorrusia. En el año 1972 concluyó sus estudios de Periodismo en la Universidad Estatal de ese país. Cuarenta y tres años después, en una Minsk detenida en el tiempo por el gobierno de Alexandr Lukashenko, recién llegada de su dacha, Svetlana se pone a planchar, el teléfono suena, la llamada es de la Academia Sueca: le comunican que ha obtenido el Premio Nobel de Literatura.

Cuando esa noticia comenzó a circular muchos sentimos una gran curiosidad por conocer su obra. En ese entonces solo su libro Voces de Chernóbil había sido traducido al español. En los medios oficiales cubanos no se le dio importancia a que Alexsievich hubiera sido merecedora del más alto reconocimiento de las letras. Por esos días muchos lectores solo supimos que la obra de Svetlana era fundamentalmente periodística y que Alexandr Lukashenko no apreciaba mucho a esta autora. Al saber la noticia algunos se apresuraron a criticar el que la academia sueca hubiera premiado a una periodista. Trato de comprender a esos severos y apresurados jueces, quizás piensan que el periodismo se reduce a informar sobre la producción de azúcar, la inauguración de zonas hoteleras y el azote de los huracanes. Svetlana es periodista, sí, y la academia le reconoció sus «escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo». Tales escritos ya están también en castellano, de modo que, con un poco de suerte y un democrático compartir de archivos digitales, los lectores cubanos podemos tener nuestra opinión sobre la obra de esta mujer.[1]

Los libros de Svetlana están compuestos por muchas voces. Ella ha tenido los sentidos atentos logrando encontrar y preservar informaciones valiosísimas y exclusivas que solo pueden ser aportadas por los protagonistas de los hechos históricos. Pero no los protagonistas del alto mando, sino quienes han estado en la línea de combate, quienes han arriesgado su vida y han aceptado conversar con esta escritora para rememorar, compartir vivencias, comparar épocas y cambios sociales. En este sentido, me siento incapaz de definir cuál de sus libros es el más importante, pero, sin dudas La guerra no tiene rostro de mujer es de lo más sorprendente, detallado y humano que se puede leer sobre la llamada Gran Guerra Patria. Este título propicia un encuentro frontal con lo más cruento de ese conflicto bélico y dentro de este, con el rol que desempeñaron las mujeres de la extinta Unión Soviética, quienes fueron imprescindibles en la defensa contra la invasión nazi.

En La guerra no tiene rostro de mujer Svetlana Alexsievich presenta en primera persona los testimonios de más de doscientas mujeres que se fueron al frente en plena adolescencia (se estima que casi un millón combatieron en las filas del Ejército Rojo), luego, nos deja su nombre y el rol que les correspondió ejercer. Entre las mujeres las profesiones más comunes fueron: comandante de cañón antiaéreo, instructora sanitaria, francotiradora, tirador de ametralladora y zapadora. También hubo lavanderas y muchas se unieron a los partisanos.

¿Cuántos marcadores digitales le hice al libro? Casi el mismo número de páginas que contiene. Todas las historias son estremecedoras, todas sobrepasan los límites de lo conocido, todas cortan el aliento. Particularmente me conmovió lo narrado por la francotiradora que luego de soportar tres días de hambre se echa a llorar por haber aceptado disparar a un potrillo que pastaba tranquilamente: «En   dos  años  era  la  primera vez  que veía a un  potrillo vivo…».  Lo que cuenta Antonina Alekséievna es impactante, pues tuvo que abandonar su pueblo y unirse a los partisanos. Al realizar emboscadas y otros ataques, tanto ella como sus compañeros se vieron obligados a abrir fuego sobre sus propios familiares quienes eran utilizados por los alemanes como escudos humanos. El persistente interés por la belleza y la vida se evidencia en lo relatado por Sofía Mirónovna. Todo su grupo clandestino fue capturado por los nazis, quienes la interrogaron, torturaron y fotografiaron desnuda y golpeada. Luego, se decretó que todos los prisioneros  serían fusilados. Una vez en la celda, esperando la muerte, una de las muchachas mira por una pequeña ventana enrejada y descubre una flor, y a pesar del dolor de sus cuerpos todas se ayudan para alcanzar la altura de la ventana y observar cómo la flor crece sola sobre un tejado: es un diente de león.

Este libro es un coro de voces diversas pero ha sido estructurado con la paciencia y la sabiduría de quien sabe comunicar. Puede leerse como un extenso testimonio pero también como una novela. De una manera coherente el lector va conociendo cómo eran los diferentes modos de alistamiento, cómo hubo niñas que mintieron sobre su edad para ir, obstinadas y decididas, al frente. Mientras se lee es posible ver a la muchacha que deja cortar sus largas trenzas para llevar un corte masculino —en la guerra no hay agua para lavar cabellos largos—, también se dejan las ropas femeninas por el uniforme militar —que al ser destinado a hombres siempre será de tallas demasiado grandes—. Igualmente, es posible saber sobre los actos de supervivencia, desde dormir de pie o sobre la nieve hasta comer hojas y raíces. Y entre hazaña y riesgo, la valoración femenina. Svetlana consiguió que las mujeres narraran su guerra, no la de los hombres que es la privilegiada en las clases y libros de Historia. Las mujeres valoran sus vivencias de manera tal que no solo se nos revela la contienda bélica, sino el individuo que en ella participa, logrando un realismo convincente y abierto, dando espacio a la mano que dispara junto a la que recoge violetas para esconderlas en un bolsillo del uniforme. Haciendo visible la mujer que expresa asombro por haber acariciado a niños alemanes que le correspondió alimentar junto a la que reconoce el altruismo de unas jóvenes alemanas violadas por hombres del Ejército Rojo: «“Buscadlos, fusilaremos aquí mismo a los violadores. Sea cual sea su rango. ¡Estamos avergonzados!”. Pero ellas lloraban. No querían… No querían que se derramase más sangre.» Así, las voces van relacionándose hasta alcanzar el final de la guerra y el estado en que se encuentran las mujeres mientras conversan con Svetlana. Ellas comparten las expectativas que tenían antes, durante y después de la contienda. Para las zapadoras la guerra fue más larga, debían limpiar de minas el territorio. Algunas mujeres se casaron y formaron una familia, otras se quedaron solas. Varias encontraron el agradecimiento; otras soportaron los prejuicios y el desprecio, incluso por parte de otras mujeres que prácticamente las consideraban rameras por haber permanecido tanto tiempo entre hombres.

Lo más grande y lo más abyecto del ser humano está contenido en este extraordinario libro. En La guerra no tiene rostro de mujer se presentan los hechos violentos junto al amor, la heroicidad, el miedo, el odio y la compasión. El amor a la patria es más que notable entre esas mujeres que pertenecieron a una generación ilusionada y estoica, pero, como periodista sagaz que es, Svetlana también deja espacio al testimonio de la duda y al contraste, otorgando un gran valor histórico y literario a una obra que ya de por sí es meritoria: una mujer decora su casa con colores grises y telas rústicas, otra propicia la alegría y se hace rodear de flores; muchas —cansadas de ver la sangre correr— no toleraron más el color rojo, otras dejaron de conmoverse ante un cadáver o ante los disparos.

Respecto a la confianza en el líder también aparecen dudas expresadas en plena guerra: «Recuerdo una noche, mientras los demás dormían, en que un hombre me habló de Stalin. Había bebido y se armó de valor […]: “Yo quiero defender a mi Patria, pero no quiero defender a ese traidor de la Revolución, a ese Stalin”», «Pensábamos que después de la guerra todo cambiaría. Que Stalin confiaría en su pueblo… La guerra aún no había acabado, pero ya había trenes dirigiéndose a Magadán. Trenes llenos de vencedores… Arrestaron a todos los que alguna vez habían caído prisioneros de los alemanes». Como vemos, leer este libro es un pasaje al dolor pero también al sentido común, pues ayuda a comprender lo importante que resulta que los pueblos y sus gobernantes sepan negociar y a toda costa evitar la guerra. Lo importante que es no adoptar posturas radicales a pesar de que las circunstancias lo sean; «la vida debe ser sagrada», es una de las afirmaciones que emana de este libro.

El recorrido del manuscrito de La guerra… también constituye una lección de perseverancia: a Svetlana no le fue del todo fácil escribir y publicar un libro tan irreverente con los cánones de la historia soviética. Pero, la idea para tan valioso título había iniciado su arraigo desde la propia infancia de la escritora. En una entrevista concedida en octubre de 2017 a The Paris Review,  Svetlana cuenta que cuando era niña vivía en un barrio eslavo de Minsk y que, era costumbre en el atardecer, que la gente se sentara a conversar mientras los niños escuchaban. Svetlana recuerda que solo había mujeres, lo cual le causaba una gran impresión. También recuerda que la guerra relatada en los libros no era del todo creíble: «Porque en los libros el gobierno soviético hizo que la guerra luciera como una victoria —hermosa, sin miseria—. No creo que en un libro se hallaran más de dos personas muertas. En cambio, lo que las mujeres contaban era  aterrador, diferente. Ellas podían hablar sobre la guerra pero también podían hablar sobre el amor. Y esto, por supuesto, afectaba la mente de una niña».[2] Una vez decidida a escribir el libro, el proceso de entrevistas le llevó a muchas ciudades y pueblos, grabó decenas de metros de cinta, anotó en libretas, recibió invitaciones de excombatientes que querían relatar lo vivido. Con el trabajo concluido tuvo que pasar tres años sin que le fuera permitido publicarlo. Solo en el contexto de la glasnost y la perestroika el libro salió a la luz, llegando a vender millones de ejemplares. Durante los tres años de espera el manuscrito circuló por todo Moscú, llegando hasta el asistente de Mijaíl Gorbachov, quien en una alocución pública a propósito del Día de la Victoria expresó: «De acuerdo con un libro la guerra no tiene rostro de mujer». ¡Gorbachov aludiendo al manuscrito! Solo luego de esa frase y en medio de la apertura a la libertad de expresión los censores aceptaron publicarlo, sin embargo, a pesar de todo hubo fragmentos que fueron obligatoriamente omitidos.

Como «cierre» La guerra no tiene rostro de mujer va dejando saber sobre los excesos y venganzas de los soviéticos, hombres que ya seguros de la victoria bebían sin parar y disparan a casas alemanas deshabitadas. Como «cierre» la reflexión sobre el pasado y el constatar que la humanidad no valora lo suficiente el vivir en paz.  Empleo comillas porque libros como este no concluyen, sino que dejan al lector meditando sobre todo lo hasta entonces conocido. ¿Cuántas mujeres a lo largo de toda la historia de la humanidad han carecido de la oportunidad de expresarse? ¿Cuántas han sido imprescindibles en la guerra tradicional y en la guerra diaria de las sociedades en crisis? ¿Pudiera repetirse una guerra de esa magnitud a pesar de saber que se perdieron millones de vidas?

La empatía que se establece con estas mujeres al conocer sus historias eleva el valor del periodismo como fuente de significados y como recurso para compartir la historia oral, siendo esta cercana, humana y perdurable. Precisamente, con uno de los significados contenidos en el libro concluyo esta invitación a su lectura, se trata de un fragmento de lo expresado por la armera Elena Borísovna: «Si renuncias a ser mujer, no sobrevives en la guerra. Nunca he envidiado a los hombres. Ni de pequeña, ni de joven. Tampoco durante la guerra. Siempre me he alegrado de ser mujer. Muchas veces se dice que las armas, una metralleta o una pistola, son bellas, que en ellas hay mucho pensamiento, mucha pasión… Pues para mí las armas nunca han sido bellas, me es del todo incomprensible la admiración que siente un hombre ante una pistola. Yo soy una mujer».

 

[1] El libro puede ser descargado de forma gratuita en espapdf.com

[2] Mieke Chew, «Suitcase Full of Candy: An Interview with Svetlana Alexievich», https://www.theparisreview.org/blog/2017/10/16/suitcase-full-candy-interview-svetlana-alexievich/

 

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Autor: Alas Tensas

Somos una revista feminista cubana, proyecto independiente sin fines de lucro. Publicamos contenidos académicos, artísticos y periodísticos sobre la actualidad cubana e internacional.

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